Mi Tambo

Este es mi tambo, una pequeña casita de madera rodeada de tela de mosquitero. Fue mi hogar por 10 días en medio de la selva. Solo contaba con: una pequeña cama, un mosquitero adicional, una hamaca, un escritorio, una silla, un botellón de agua, un bote de basura, un paquete de velas, una escoba y dos cubetas.

No tenia ninguna de las comodidades a las que normalmente estamos acostumbrados… mi baño estaba a aproximadamente 10 metros y era “algo” ecológico rodeado de hojas que blindaban ese espacio (imaginarán de que hablo). Mi bañera era un río al que debía caminar y hacer maromas para bajar. Su agua bien fría y repleta de vida. Cientos de pecesitos se acercaban cada vez que ibas a bañarte para acariciarte o morderte. (Una lotería que poco a poco comienzas a disfrutar)

Mi primer día en la selva fue bueno pero me sentí totalmente fuera de mi zona de confort, al segundo ya me adaptaba y al tercero lloraba como niña, no de tristeza ni incomodidad sino de la inmensa paz y alegría que experimentas allí.

Ese pequeño espacio que aparentemente no tiene “nada” en realidad LO TIENE TODO y mientras lo habitas se te entrega por completo sin muchas veces merecerlo.
La selva, los arboles, el viento, los animales…. TODO TE HABLA y comienza a darte lecciones con diminutos detalles.

Mi primera enseñanza me llego ahí, en mi tambo, limpiando. Al no tener paredes, siempre esta lleno de polvo y si quieres tenerlo limpio debes estar barriendo TODO el tiempo. Si sales al baño cuando regresas tus botas están llenas de tierra y vuelves a ensuciarlo.

Entonces lo entendí o lo escuché, ya no lo sé, pero fue mi primera lección. Todos somos como ese tambo. Trabajamos para mejorarnos, pero eso no garantiza que estaremos bien todo el tiempo. El viento traerá tierra nuevamente, las tormentas nos empaparan, nuestras defensas se romperán. Saldremos de casa y llegaremos sucios. O alguna vez olvidaremos cerrar la puerta.

Por eso hay que vivir “con la escoba en la mano” y con esto quiero decir trabajándonos CONSTANTEMENTE. Nuestros defectos no se van a ir por arte de magia, ni porque hagamos una plegaria en la mañana y se lo dejemos a Dios. Podemos estar ahora en alegría y en la más alta vibración, pero un par de horas más tarde se pueden mover los cimientos de nuestra tierra y eso sacar a flote toda nuestra suciedad.

Hay que observarnos, estar alerta a cada instante, acechar nuestros pensamientos y corazón para que cada vez que nos encontremos en esos procesos poco luminosos, sepamos sacudir toda la basura y ponerla en su lugar. Hay que rezar, hay que cantar, hay que conectarse con lo divino, no un minuto al día, no al levantarse y al acostarse, sino a cada instante. Cuando comes, cuando respiras, cuando ríes y cuando lloras.

Anhelo mi tambo. Ese hotel de un millón de estrellas que me regalaba cada noche musicales con orquestas de sapos, grillos, pájaros y sabrá Dios que otra criatura más. Mis días ahí son inolvidables y no los cambiaría POR NADA.

Gracias a todos los que de una manera u otra lo hicieron posible.

Adaísa🌿

Ilustración: Marina Wang

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